Sunday, February 13, 2011

Stories of love and cinema

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Proyector y corazónEl mes de febrero de 2011 parece estar hecho para el cine y para el amor. A la entrega de los premios Oscar el 27 y de los Bafta el 13, se le agrega el día de San Valentín el 14.

Ambas pasiones a menudo se mezclan. Los apasionados del cine no se pierden los estrenos de cartelera o los clásicos de la pantalla, se dejan llevar del romance idealizado de las historias, se enamora de los personajes y las estrellas, y transfieren sus fantasías a la vida cotidiana.

Pero además, la sala de cine es un lugar de cortejo, un espacio en lleno de posibilidades para robar uno que otro beso bajo la tenue luz del proyector.

BBC Mundo recogió, en cuatro ciudades, historias de cine y amor.

Frente a una pantalla gigante en el teatro Vern del este de Los Ángeles, Raymond Landín miró a los ojos de Elena Hermosillo y supo que algún día sería su esposa.

El chispazo que sintió en la oscuridad del cine aquella tarde de 1945 le ha durado los 58 años de matrimonio que lleva casado.

Landín recuerda la belleza juvenil de Hermosillo: "Sus ojos eran tan oscuros, tan bellos y tan grandes y tenía un cabello negro y sedoso", agregó el hombre hispano de 78 años quien nació en Los Ángeles de abuelos mexicanos .

Raymond Landin y Elena Hermosillo Raymond se enamoró de Elena en la oscuridad de la sala de un cine en 1954.

Sin embargo, del filme que mostraban en el teatro, "Cuando los ángeles cantaban", sólo recuerda el título y a su protagonista, Dorothy Lamour. "Nunca vi la película, lo único que hacía era mirarla a ella (Hermosillo)".

A partir de ese día en que conoció a su futura esposa durante una "cita a ciegas", Landín llevaba a Hermosillo todas las semanas a ver películas en inglés en el Vern, pero también gustaba de acudir al teatro Miralta donde mostraban cintas en español, con Pedro Infante y Cantinflas.

"Éramos jóvenes y nos agarrábamos de las manos y luego yo le ponía el brazo por los hombres y de vez en cuando le robaba un beso", agregó. "Mi corazón estaba lleno de amor para ella".

Ir al cine era una aventura. Desde elegir el horario y la película, hasta tomar las precauciones para no volver demasiado tarde a casa.

Minerva Blanco, maestra jubilada, recuerda la magia de compartir el momento "con el novio", su esposo desde hace varias décadas.

"En la escuela me decía: ¿vamos al cine? Pero había que encontrar el horario, porque todo estaba en función de las clases o las tareas en la biblioteca".

"Antes pasábamos a comer una torta (emparedado), porque en la sala no se comía. Al cine ibas a ver la película y, bueno, también a darte un besito".

En Ciudad de México las salas tenían el glamour de los tiempos dorados del cine.

Minerva Blanco, maestra jubilada Absorta en las historias en celuloide, Minerva no se enteró de lo que pasaba afuera.

Algunas tenían un gran vestíbulo con piso de mármol, candelabros, espejos y las escaleras para subir a gayola tenían pasamanos dorados. Las personas que recibían los boletos vestían siempre un uniforme elegante, y en el estreno de alguna película usaban traje de gala.

La bóveda en la sala de proyección del cine Alameda, por ejemplo, estaba decorada con estrellas, nubes y una imagen de la luna. Las paredes tenían balcones simulados. Enormes cortinas de terciopelo protegían la pantalla.

Había otras salas más populares, como la que existía en el barrio de Tepito, en el centro de la ciudad, donde la familia de la maestra Blanco vivió una experiencia singular.

Fue la tarde del 2 de octubre de 1968, el día en que un número hasta ahora desconocido de estudiantes murió por disparos del Ejército Mexicano y agentes policíacos en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

La sala se encontraba a unos dos kilómetros de la plaza.

"Toda la familia -cinco hijos y la pareja- vimos tres películas. Cuando salimos era de noche y al caminar al auto vimos que las calles estaban vacías, no había ni un alma".

"Regresamos a casa y extrañamente no había nadie, pero al pasar por Tlatelolco vimos a muchos soldados. Cuando llegamos unos estudiantes nos contaron lo que había pasado y pensé: el cine nos protegió".

El cine tiene la particularidad de ser a la vez "un espacio íntimo y público", que en el pasado cumplía una función social muy importante dentro de la comunidad, le dijo a BBC Mundo Paula Félix-Didier.

Félix-Didier, la directora del Museo del Cine de la Ciudad de Buenos Aires, se ganó un lugar especial en la historia del Séptimo Arte cuando halló, junto con sus colegas, una versión original del legendario film "Metrópolis", de Fritz Lang, que permitió por primera vez restaurar la película completa de 1927.

"A las generaciones que crecieron con el cine les enseñó a dar besos, a cortejar a una mujer, a enamorarse, un montón de cosas que se veían en la pantalla y no en la vida cotidiana", afirmó.

Paula Félix-Didier, direcotra del Museo del Cine de Buenos Aires Paula recuerda cuán importante era el espacio "íntimo y público" de las salas de cine.

Además, la oscuridad de la sala brindaba a los jóvenes un lugar ideal para un encuentro romántico, fuera de la mirada de los adultos.

Sin embargo, la experta cree que en la actualidad las salas dejaron de ser "un espacio de encuentro" para convertirse en algo más individual.

"Hoy la experiencia de ir al cine es otra cosa, es más un asalto a los sentidos", aseguró, en referencia al auge del cine 3D.

Pero a pesar de que se ha perdido el espíritu romántico de la sala del cine, no todas son malas noticias para los jóvenes enamorados:

"Hoy un adolescente no necesita encerrarse en un cine para darle un beso a su novia, porque los espacios de intimidad se han multiplicado", afirma Félix-Didier.

En vez, gracias a los códigos sociales más laxos y a las nuevas tecnologías, los jóvenes pueden seguir disfrutando de los grandes amores de la pantalla, desde la comodidad de su cuarto.

Las salas de cine han mejorado, pero el espacio para el amor siempre fue bueno, le dice a BBC Mundo el escritor colombiano Jorge Franco, autor de Rosario Tijeras.

"En realidad no extraño mucho las salas de cine de antes. En primer lugar, había que hacer unas filas larguísimas para comprar la entrada.

Por lo general las salas no tenían más de una taquillera, entonces las filas crecían con facilidad. O había que madrugarle a la película aunque las taquillas casi siempre abrían minutos antes de la proyección.

Hoy en día se pueden comprar las entradas por teléfono, por Internet y en muchos sitios hasta se puede reservar el asiento para llegar directo a él. Las sillas tampoco eran muy cómodas que digamos. Las salas no siempre tenían pisos inclinados y ver una película se volvía insufrible si se sentaba adelante un cabezón.

Jorge Franco, escritor colombiano Para el autor de Rosario Tijeras, una invitación al cine es ideal para tantear una relación naciente.

Tampoco había mucho repertorio para escoger. Al contrario de lo que sucede hoy, las películas no competían entre ellas en el mismo lugar. Eso sí, en las salas de antes la película que se exhibía era la película: el evento, el tema de conversación, la dueña de todo el cartel.

En cuanto a los teatros como escenario para las citas de amor, tal vez antes no había muchas oportunidades de estar tan cerca de alguien en un sitio oscuro y por eso un teatro podría ser el lugar ideal para intimar.

Hoy la precocidad ha anulado toda posibilidad de romanticismo aunque, antes y ahora, una invitación a cine es el mejor pretexto para tantear el terreno en una relación a punto de comenzar.

No hay que hablar, no hay beber, no hay que bailar, basta con las miradas de reojo, con los roces accidentales, con percibir el aroma del otro, o con sentir a la otra persona respirar. Y lo maravilloso de estos acercamientos es que aunque la película sea mala para los enamorados siempre será buena".


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